miércoles, 22 de marzo de 2017



Crónicas urbanas   I

María llevaba veinte años como camarera de un bar. Cerca del centro de la ciudad. Tenía una clientela escogida, que se sentía a gusto con el trato que ella les dispensaba.
Siempre estaba dispuesta a entablar conversación con sus clientes y su sonrisa cuando escuchaba valía su peso en oro. Además de eso cocinaba como los ángeles, y eso la gente lo agradecía.
También sabía enfadarse cuando era necesario, a veces alguien ebrio se p
asaba elevando el tono de voz y empezaba a molestar a otros clientes, entonces su gesto se tornaba serio y no le temblaba la voz cuando invitaba con firmeza al causante del problema, a comportarse o a abandonar el local.

El caso es que este año María se jubiló y alquiló el pequeño bar, que era de su propiedad.

El primero que lo intentó fue un muchacho con buenas referencias, pero en dos meses ya incumplió el segundo pago de su alquiler con María, y abandonó el negocio porque no sacaba lo que esperaba. Tuvo poca clientela durante ese tiempo, por decir un detalle: las tapas se limitaron a patatas chips y alguna aceituna.

El segundo intento fue protagonizado por una chica joven con bastante experiencia, pero que se limitaba a servir a los clientes y a ver la televisión, sin entrar a interactuar con ellos, era muy callada. Con ella sí que había tapas variadas, en eso mejoró con respecto al anterior. También abandonó, esta vez al tercer mes.

El tercer intento ha entrado esta semana. Es un señor de mediana edad de procedencia francesa, ha remodelado el local y tiene previsto hacer tapas de su lugar de origen. Como novedad ha comprado lavavajillas y una nueva cafetera. Desconozco si con él el bar cobrará de nuevo su vigor.


Ayer fui a tomar algo allí y telefoneé a María por si quería tomar algo conmigo, nos une una buena amistad.
Al rato apareció por allí y tras saludar a los clientes que ella conocía, que eran unos cuantos, y revolucionar un poco el ambiente, se sentó junto a mí para charlar.

Entre cerveza y cerveza me estuvo contando a que dedica ahora su tiempo, y cuales son sus planes para el futuro. También me habló de sus hijos, que están ya casados y viven fuera, uno en Barcelona y el otro en Valencia. Ninguno de los dos, ambos varones, han querido trabajar en hostelería, uno es celador y el otro maestro.

Después salimos juntos del local. Cuando miré a la gente que quedaba me dio la impresión de que algo se apagaba a medida que María se iba de allí. Hay personas que alegran con su simple presencia. Es curioso como un mismo local de copas pierde su espíritu según sea quien esté al frente de él.

El éxito, a veces, es algo que depende del alma que se vislumbra tras el brillo de una bella sonrisa.


Bl0king

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