sábado, 29 de abril de 2017


Oficio de tinieblas VI

Mónada II

para qué renegar de tus raíces siempre serás una sombra en el gran laberinto unas huellas caducas en la arena del silo un orgasmo fingido en el lecho del tedio una voz abortada en la misma laringe los aplausos espantan a ciertas golondrinas cuando cruzan el cielo sajando los azules no llorarán las piedras al sentir tu caída


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viernes, 28 de abril de 2017


Oficio de tinieblas VI

Mónada I

se inmiscuye la niebla entre los huesos no hay forma de evitar las pesadillas arde el silencio arde la noche arde el olvido


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Poema a Excálibur

( Un perro libre allá donde esté )

Mirada sincera y limpia,
gesto noble,
amor desinteresado,
piel de cobre.

El meneo de tu cola,
cual cometa,
permanece en mi pupila,
luna inerte.

Un ladrido descarnado
que se clava
como un aguijón al rojo
sobre el aire.

Vuela libre,
amigo mío,
con tus alas desplegadas
sobre el cielo para siempre.

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jueves, 27 de abril de 2017


Poema proletario 

Cuando el dinero nació
la fuerza de los hombres
se hizo esfinge.

Y encerrada en la clepsidra
se contrajo
sobre las gotas azules del yugo.

Amanecer de sangre
en nuestra historia,
sal y estiércol.


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viernes, 7 de abril de 2017

Conmigo

Javi era un niño muy malo, pegaba a todo el mundo, menos a mí. Ni idea de por qué.
Recuerdo varias cosas de él:

Una de ellas es que era capaz de beberse una cocacola de golpe, tanto las de botella como las de lata. Ponía su cabeza hacia atrás y dejaba que se vaciara su contenido en la garganta. Eso siempre me fascinó, nunca pude hacerlo por más que lo intenté.

Otra cosa fue el día que le pegó una paliza a otro niño. Javi era muy corpulento y fuerte, el otro delgado y más débil. Me sorprendió ver como disfrutaba haciendo el mal, eso contrastaba con cómo se portaba conmigo, esa dualidad no la acababa de entender.

También recuerdo el día en que me daba vergüenza entrar en una clase llena de niños mayores en la escuela. Él estaba a mi lado y me dijo estas palabras: "no tengas nunca miedo de nada"
Quedaron grabadas a fuego en mi corazón de una forma perpetua.

La última es la más triste. Javi murió joven, no llegó a cumplir los treinta años. Una enfermedad acabó con su vida de repente.

Conmigo siempre se portó bien, sé que para otros fue un tormento. En mi mente hay una habitación reservada para él, a veces le visito y charlamos. Sigue siendo un niño. Yo cuando entro en esa habitación también. Caprichos de la memoria, supongo.

Y mientras los recuerde sobrevivirán conmigo.

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Jack

Sobre las gélidas nieblas del Támesis
mis huellas serpentean humedades,
la carne deja un rastro en el ambiente,
metálico sabor de fresca sangre.

Depredador asiduo de burdeles
en busca de placeres imposibles,
la noche deprava mis sentidos
y afila los cuchillos de la muerte.

Cada homicidio supera al anterior,
úteros, riñones, corazones,
se quedan tan vacíos como yo,
sin savia sólo son quebrados árboles.


Mary Ann Nichols, tú fuiste la primera,
Annie Chapman seguiste la cadena,
Elizabeth Stride fue la tercera
y después mi memoria no recuerda.

Y mientras deambulo entre las sombras
el plagio a mi obra desmerece
la fama de asesino sinuoso
letal como las pérfidas serpientes.

Scotland Yard buscaba a alguien con capa,
a un varón homicida y solitario,
de mediana edad y un aire respetable,
carnicero, matarife o cirujano.

El misterio enturbiará las aguas
y mi abisal presencia se hará mito.
A veces los ángeles esconden
bajo de su belleza mil abismos.

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martes, 4 de abril de 2017


A por setas con papá


Recuerdo una tarde de otoño. Mi padre me llevó a coger setas por el monte. Yo era muy pequeño, me costaba seguir sus grandes zancadas. En un momento dado íbamos caminando paralelos a un río, el suelo estaba lleno de hojas secas. De repente mi padre dio un tremendo pisotón al suelo ante mi completo asombro, y las hojas empezaron a retorcerse en espirales hasta descubrir
el cuerpo viscoso de una gran serpiente. La bota de mi padre se clavó con más fuerza y aunque probablemente ya estaría muerta como consecuencia de ello, mi corazón empezó a palpitar de forma salvaje, creo que también lloré.
La admiración que ya profesaba por mi padre aumentó ante mis ojos de niño, lo vi más alto, más imponente. Pero aun así, ya no quise volver más a recoger setas por las montañas.
Todavía en mis pesadillas actuales veo sus ojos de reptil y tiemblo como lo hice aquel frío día de septiembre.
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